Francesc Marquès

13 de abril de 2022

Francesc recibió una inesperada coz de uno de sus caballos y perdió la visión. Inicialmente, no le ofrecieron esperanzas de volver a recuperarla, pero las intervenciones del Dr. Mateo y del Dr. Güell dieron un giro también repentino a este pronóstico y, hoy, puede seguir dedicándose sin temor a su pasión y profesión: la doma ecuestre.

Francesc Marquès, propietario de una escuela de doma ecuestre menorquina en Ciutadella, vive de y para los caballos. Son su pasión, su oficio, y a ellos dedicaba toda su vida hasta Kaley, uno de los ejemplares, nacido y criado por él mismo, le atestó una inesperada coz. Nunca antes había dado muestras de agresividad, ni había sufrido cambios de actitud repentinos, como el de aquel día del mes de abril de 2003, en el que “algo” hizo que golpeara a su amo. “Jamás he llegado a saber qué le pasó –explica Marquès– tal vez se asustó, le picó algún bicho…”.

El domador recibió un fuerte impacto en la cara que le afectó al ojo. Pese a todo, tuvo suerte, ya que “si me llega a dar medio centímetro más arriba, en la zona de la frente, el desenlace podría haber sido fatal”. Francesc perdió la visión del ojo de inmediato. Ingresó en un centro de Palma de Mallorca y allí le dieron 15 días para tomar una tremenda decisión: si accedía a que le extrajesen el ojo y le implantaran uno de cristal. Cuando todo parecía perdido, alguien le recomendó pedir una segunda opinión en IMO.

El menorquín no dudó en visitarse en Barcelona, donde el Dr. Carlos Mateo le apremió a operarse para no perder definitivamente la visión. Al cabo de una semana, pasaba por quirófano. Su retina había quedado desplazada y replegada y el doctor logró recolocarla, de forma que el paciente abandonó el Instituto con visión. Un año y medio después, tenía lugar una segunda intervención: un transplante de córnea que le practicó el Dr. José Luis Güell y cuyo resultado fue, también, satisfactorio. El paciente obtuvo un grado aceptable de visión –su problema era que “veía borroso”, según comenta– y estuvo pendiente de una posible tercera cirugía: la implantación de una lente ocular. En el accidente, el cristalino le quedó muy afectado y tuvo que ser extraído. Una lente le solucionaría este déficit, pero para que fuera viable, el ojo debería recuperar presión, algo que solo puede producirse de forma natural.

Llegue o no llegue ese momento con el tiempo, Marquès se siente muy agradecido a IMO, especialmente a los doctores Mateo y Güell, por salvarle un ojo que, según un primer diagnóstico, parecía destinado a perderse. Gracias a ello, sigue con su vida normal, entrenando caballos, practicando con ellos la doma menorquina, realizando espectáculos ecuestres y enseñando a montar. Entre sus 40 ejemplares, todavía se encuentra Kaley, actualmente un caballo con más de 15 años, al que su dueño no le guarda ningún rencor y que nunca ha vuelto a comportarse de manera extraña.

Sin embargo, en los días siguientes al accidente, el animal sí tuvo un comportamiento especial: “Fue una reacción muy llamativa; se ponía en un rincón y no levantaba la vista. Parecía avergonzado por lo que había hecho o temeroso de recibir una reprimenda que nunca le llegó”. Marquès reemprendió enseguida su actividad, sin ningún temor. “Supongo que me pasa como a los toreros, que pese a recibir una cornada, siguen toreando sin miedo”. De hecho, se dedica a los caballos desde pequeño. Se trata de una tradición familiar que ya se remonta a su abuelo, que continuó su padre y en la que ya están involucrados también sus hijos. Toda la familia está volcada en la Escuela Ecuestre Menorquina, la única existente en Ciutadella y una de las tres que hay en la isla.

La doma menorquina surge como una tradición de las fiestas populares de la isla. A partir de movimientos propios de los caballos menorquines (raza autóctona), se ha ido estableciendo una doma específica, diferente de la doma clásica o la vaquera. Entre las características diferenciales de la menorquina, destacan la vuelta invertida y los paseos sobre las dos patas traseras.

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