Luces en Turkana

La optometrista Carol Camino cuenta su experiencia en una expedición de cooperación oftalmológica, donde un 60% de los niños revisados experimentaron un gran cambio gracias a las ayudas de baja visión recibidas.

Carol Camino, una de las optometristas más veteranas de IMO, lleva años promoviendo la atención a las personas con baja visión, tanto al frente del área especializada del Instituto como a través de la sociedad española (SEEBV), asociación que cofundó y preside desde 2008. Precursora e incansable divulgadora de esta disciplina en nuestro país, es consciente de la gran labor de difusión y sensibilización que todavía queda pendiente para que las ayudas de baja visión lleguen a los pacientes, no solo en nuestro entorno más cercano, sino también fuera de nuestras fronteras. Esta motivación es la que la llevó a formar parte del proyecto oftalmológico impulsado por la Fundación Emalaikat en Turkana, una de las regiones más precarias de Kenia, de la que ha regresado todavía más convencida de la importancia de seguir poniendo un granito de arena y dedicar recursos y conocimientos a la lucha contra la ceguera evitable. Según Carol Camino “hay diversos proyectos muy interesantes que ofrecen atención oftalmológica y optométrica en las zonas más desfavorecidas del planeta. Sin embargo, prácticamente no existen programas específicos de baja visión que se dirijan a aquellas personas cuya discapacidad visual no mejora con corrección óptica ni con tratamientos médicos o quirúrgicos, aunque existen otras alternativas. Por ello, no dudé en sumarme a esta expedición, integrada por una veintena de miembros entre personal sanitario, logístico y colaboradores locales”.

Primera etapa: Escuela Integrada de Katilu

Como explica la optometrista, “la primera semana estuvimos atendiendo a niños invidentes de un colegio orfanato, ya que el hecho de no ver significa para ellos el abandono y la exclusión social”. De los cerca de 100 escolares que revisaron, alrededor de una cuarta parte presentaba discapacidad visual irreversible, causada por patologías como el déficit de vitamina A (xeroftalmia), que afecta a la visión nocturna y, si no se suple, puede dar lugar a la cicatrización de la córnea y a la consiguiente pérdida total de visión. “En el mundo desarrollado estos niños podrían optar a un trasplante de córnea, pero la ausencia de recursos para llevarlo a cabo en Turkana los condena a la ceguera”, advierte Carol Camino.

Muchos de los niños considerados “ciegos” en Turkana no lo serían en otras zonas menos desfavorecidas, ya que sus problemas se pueden solucionar con la atención médica adecuada.

 

Por otro lado, un 10% de los alumnos de la Escuela Integrada de Katilu (generalmente, con cataratas congénitas) sí que pudieron ser operados en la segunda fase de la campaña, aunque lo realmente gratificante para la especialista fue que a la mayoría –el 60%– se le pudo prescribir ayudas de baja visión para compensar el déficit provocado por miopías magnas y diferentes retinopatías. “Tras un primer screening, nos dedicamos específicamente a estos niños para que se adaptaran a sus nuevas gafas con filtros selectivos (los cuales impiden el paso de la radiación ultraviolada e infrarroja para ganar contraste y confort visual) y aprendieran a usar lupas y microscopios con los que leer libros o escribir en el cuaderno, así como telescopios para ver bien la pizarra”. El apoyo de los profesores fue indispensable para superar la barrera idiomática y facilitar la comprensión de las ayudas por parte de los más pequeños, a la vez que resulta clave para que sigan utilizándolas y tengan una rehabilitación visual completa. En este sentido, fue muy satisfactorio ver como su calidad de vida mejoró de forma casi automática, siendo especialmente llamativo el caso de varios niños albinos que, con unas simples gafas con filtros selectivos, mostraron un cambio espectacular”.

Segunda etapa: Hospital Gubernamental de Lodwar

Asimismo, aquellos casos que requirieron cirugía fueron remitidos al hospital de Lodwar, situado a unas 3 h de viaje y uno de los pocos en los más de 75.000 km2 de la región de Turkana, al que se desplazó el equipo de voluntarios en la segunda semana del proyecto. Allí realizaron cerca de 100 intervenciones, sobre todo de cataratas, y graduaron a otras tantas personas con el apoyo de los profesionales del país. En este sentido, una de las prioridades de Emalaikat para garantizar la sostenibilidad del proyecto es la capacitación del personal sanitario de la zona, razón por la que ha formado en menos de una década a alrededor de 40 jóvenes, entre ellos un oftalmólogo y varios oficiales, asistentes y enfermeros en oftalmología. Como llama la atención la coordinadora del Área de Baja Visión de IMO, “hemos de tener en cuenta que en todo Kenia apenas hay un centenar de oftalmólogos y 6 de cada 10 están en la capital, Nairobi. Por tanto, se hace evidente la escasez de profesionales especializados para dar respuesta a las necesidades de salud ocular de la comunidad Turkana, que supera los 1,2 millones de habitantes”. En su mayoría viven en tribus nómadas y en muchos casos nunca han tenido acceso a atención médica, como pudo comprobar con sus propios ojos Carol Camino, quien aprovechó su estancia para formar parte de una unidad móvil de asistencia. Reconoce que fue la experiencia que más le impactó: “Nos subimos en un coche y recorrimos diferentes poblados, donde realizamos revisiones bajo la sombra de las acacias y recogimos a aquellas personas a las que detectamos algún problema para llevarlas al hospital y que pudieran recibir tratamiento”.

Un 90% de los casos de ceguera se concentran en los países en vías de desarrollo debido a la precariedad del sistema sanitario y a la escasez de recursos materiales y humanos.

 

Próximos pasos

Este proyecto fue una oportunidad no solo para la población local sino también para los cooperantes que se desplazaron al corazón de África, donde su trabajo demostró el gran cambio que supone ayudar a ver y, con ello, a recuperar las posibilidades de integración y autonomía. En el mundo hay 285 millones de personas con discapacidad visual severa, aunque 4 de cada 5 casos son evitables, una causa a la que se adhieren los profesionales de IMO como participantes activos de esta y otras iniciativas con el mismo objetivo común. Desde hace más de 15 años el Instituto es estrecho colaborador de la fundación Ojos del mundo, fundada en 2001 por el Dr. Borja Corcóstegui (vicepresidente) junto a Rafael Ribó (presidente), y el año pasado se unió a la Agencia Internacional para la Prevención de la Ceguera (IAPB) con la voluntad de dar un paso más hacia este reto.