La catarata puede provocar una aparente mejoría visual en la edad adulta

La edad resta transparencia al cristalino, la lente natural del ojo, y provoca disminución de visión, aunque a veces aparecen síntomas en sentido contrario. La cirugía de catarata requiere una muy buena ejecución por parte de un cirujano experimentado

Perder seguridad en la conducción nocturna o al bajar escaleras, experimentar un aumento de la miopía a partir de los 50 años o, por el contrario, dejar de necesitar gafas para leer en la edad adulta, pueden ser síntomas de una catarata. La enfermedad se produce por la pérdida de transparencia del cristalino, una lente natural que se encuentra inmediatamente detrás de la pupila y a través de la cual pasan los rayos de luz hasta incidir sobre la retina, donde se forman las imágenes. Cuando el cristalino pierde transparencia e impide el paso nítido de la luz, provoca pérdida de visión de forma progresiva. Algo parecido a lo que sucede cuando un cristal se empaña en una habitación con gran concentración de vapor de agua.

La catarata es la primera causa de ceguera en el mundo, ya que mientras que en los países desarrollados se opera con un elevado porcentaje de éxito, en países sin recursos, la enfermedad no se trata y los pacientes acaban perdiendo totalmente la visión. El envejecimiento es la causa más común de opacidad del cristalino -se calcula que afecta a más del 50% de las personas mayores de 65 años-, aunque puede darse desde el nacimiento (catarata congénita) o aparecer en distintas etapas de la vida por causas genéticas o traumatismos. También asociada a otras enfermedades oculares o sistémicas o a determinados fármacos (como corticoides).

La persona afectada suele sufrir visión borrosa y, en ocasiones, visión doble. En algunos casos, el cristalino experimenta cambios heterogéneos, lo que provoca destellos con los rayos solares o disminución de la visión nocturna. La opacidad del cristalino también puede derivar en una disminución de la percepción de profundidad, de los colores o en la incapacidad para leer letras pequeñas (p. e. las de las guías de teléfono). Otras veces, el paciente acude a la consulta por un aumento de la miopía, cosa que si ocurre a partir de los 50 años, puede ser un síntoma de catarata.

Paradójicamente, en ocasiones se produce el fenómeno contrario y parece recuperarse visión. Es el caso de algunas personas que afirman que "antes no podía leer sin gafas y ahora sí". Esto ocurre porque los cambios que la catarata provoca en el cristalino pueden convertirlo en una especie de lente de aumento. La Dra. Isabel Nieto, especialista en catarata del Instituto de Microcirugía Ocular de Barcelona (IMO), advierte de que "en las personas de edad avanzada, cuando la catarata se desarrolla lentamente, ésta puede pasar desapercibida hasta que, generalmente la familia, observa pérdida de seguridad al andar o bajar escaleras, lo que despierta las primeras sospechas".

Para combatir la pérdida de transparencia del cristalino, la técnica quirúrgica habitual es la facoemulsificación por ultrasonidos. La intervención consiste en la fragmentación de la catarata, a través de una incisión de alrededor de 2 mm., y en la posterior aspiración de los fragmentos del contenido opaco del cristalino, dejando el saco transparente que lo envuelve. La cirugía termina con la substitución de la lente natural por una lente intraocular artificial. A lo largo de los próximos meses, es probable que esta cirugía se pueda llevar a cabo, en determinados casos, con una nueva tecnología láser (láser de femtosegundo), que reproduce con una precisión micrométrica las microincisiones previamente diseñadas por el cirujano en el ordenador, al que el láser está conectado. Esta nueva tecnología servirá para aumentar la seguridad, rapidez y precisión de la cirugía de la catarata.

En cualquier caso, la cirugía actual ofrece muy buenos resultados y cuenta con un elevado porcentaje de éxito, lo que la ha convertido en la cirugía más frecuente en adultos y ha disparado cierta euforia. Sin embargo, es importante recordar que no se trata de una cirugía banal y que requiere una buena indicación y una correcta ejecución por parte de un cirujano experimentado. De hecho, aunque cerca del 95% de los casos no presenta complicaciones, al tratarse de un procedimiento muy extendido, la cirugía de catarata es la que provoca un mayor porcentaje de problemas oculares secundarios.

Además, hay que tener en cuenta que no todas las cataratas son iguales. Existen algunas "especiales", que conllevan un riesgo mayor de complicaciones, como en ojos que han sido sometidos previamente a otra cirugía o las que sufren pacientes diabéticos, una población con una alta incidencia de catarata, y en la que la enfermedad aparece precozmente y evoluciona de forma muy rápida. "La intervención quirúrgica en estos casos requiere un especial estudio porque si no se hace adecuadamente, en lugar de mejorar la visión después de la cirugía, ésta puede empeorar", explica la especialista de IMO. Sobre todo en estos pacientes, "es muy importante un diagnóstico e indicación quirúrgica adecuados, contar con amplios recursos tecnológicos, así como disponer de una gran experiencia, ya no sólo el cirujano, sino todo el equipo quirúrgico", añade.

Corrección de la presbicia

La edad no incide sólo en la transparencia del cristalino, cuya disminución origina la catarata, sino también en su capacidad de acomodación, es decir, en la elasticidad que le permite enfocar las imágenes. Es lo que se conoce como presbicia o vista cansada, un problema ocular que suele aparecer a partir de los 40 años y que dificulta especialmente el enfoque cercano de las imágenes.

Por ello, un gesto característico de alguien con vista cansada es el alejamiento progresivo de los textos para poder leerlos, ya que los objetos cercanos van quedando cada vez más desenfocados (las letras "bailan" o aparecen borrosas). La presbicia no tiene cura, pero sí puede corregirse, gracias a técnicas e instrumentos cada vez más sofisticados.

Una de estas opciones de corrección está vinculada a la cirugía de la catarata. Se trata de la sustitución del cristalino por las llamadas lentes pseudofáquicas, indicadas para pacientes con catarata. Estas lentes pueden ser monofocales, en cuyo caso la persona operada requerirá el uso de gafas para ver de cerca tras la cirugía, pero, en muchos casos, en un grado menor que antes de la operación.

Otro tipo de lentes son las bifocales que, al tener dos focos, permiten una buena visión de cerca y de lejos al mismo tiempo, aunque son más complejas y están indicadas sólo en ciertos pacientes, ya que requieren unas buenas condiciones oculares. Estos tipos de lentes están evolucionando cada vez más, con el objetivo de responder a las nuevas expectativas de los pacientes que se someten a una cirugía del cristalino: lograr la máxima independencia de gafas o lentillas tras la intervención.