Borja Corcóstegui: "La investigación clínica y básica nos permite avanzar de forma pionera en la prevención, diagnóstico y tratamiento de patologías oculares"

La unión de la investigación clínica y la básica, una combinación muy poco frecuente en la oftalmología española, nos permitirá multiplicar las opciones de avanzar de forma pionera en la prevención, diagnóstico y tratamiento de determinadas patologías oculares

(Reproducimos un extracto de la entrevista realizada por Carmen Fernández en Diariomédico.com. Leer el artículo completo aquí)

Biznieto, nieto, hijo, hermano, tío y quizá también padre de oftalmólogos. Parece que usted no tuvo escapatoria.
Estudié medicina y pasé por la oftalmología, y es así como la conocí y como me di cuenta de que era una especialidad muy complicada. Nunca me sentí presionado ni obligado personal ni familiarmente a especializarme en ella; y eso que la especialidad nació con mi bisabuelo en Bilbao y que se habla de saga, aunque es algo que a mí me irrita mucho. En honor a la verdad, como médico me ha influido la familia pero también otros muchos oftalmólogos.

¿Cómo era de niño?, ¿en qué tipo de familia se crió?
Éramos seis hermanos, tres chicas y tres chicos, que debíamos de dar mucha guerra. Mi padre era un hombre muy inquieto por conocer mundo, que vivió en Estados Unidos y no quiso quedarse en Bilbao. Estudié en un colegio alemán laico porque él quiso que conociésemos otros pensamientos. Mi madre es una señora de San Sebastián que nació en Argentina pero que volvió al morir su padre, que emigró allí con la familia. A los hijos nos enviaron a estudiar a Francia y a Alemania porque tenían mucho interés en que conociésemos el mundo, aunque tengo que reconocer que a nosotros no nos gustaba mucho.

¿Cambió su vida con la muerte prematura de su padre?
Él tenía sólo 53 años cuando murió, y yo entonces 18 y ya estaba estudiando medicina y me manejaba solo; pero después de eso me espabilé mucho más, lógicamente.

Se formó con los jesuitas. ¿Eso le marcó?
Mi padre estudió en los jesuitas, de ahí que me pusieran de nombre Borja. Puede ser que algo me marcaran, pero yo tengo mi personalidad y ya debía de ser así de niño porque no me lo creía todo. No quería ser misionero, por ejemplo, que era algo que entonces tiraba mucho a los jóvenes, y tampoco era demasiado religioso. Discutía mucho y eso me valió algún suspenso.

¿El San Sebastián de su juventud era la ciudad apacible de las postales o un lugar poco recomendable para un joven de familia bien? ¿Le tentaron para participar en algún movimiento político opositor al régimen?
En aquella época la disidencia política era algo marginal allí. Yo, por ejemplo, estaba mucho más cerca de los Beatles que de la política. Eso era algo minoritario, al menos en mi entorno más próximo, porque yo no me enteré. Tanto yo como mis amigos preferíamos dedicar el tiempo a la música, por pasarlo bien y, lógicamente, por las libertades y por ser lo que queríamos ser.

Su madre aún vive y su hermano tiene un centro de oftalmología de bastante prestigio. ¿La familia es lo que le vincula al País Vasco o hay algo más?
Voy a a ver a mi madre pero no ejerzo de vasco ni de nada. Me siento muy vasco pero no veo en qué somos diferentes de los demás. Creo en las personas individualmente.

¿Por qué decide estudiar la carrera de medicina en Zaragoza?
Por la cercanía. Podría haber estudiado en la Universidad de Navarra o en la de Valladolid, pero preferí Zaragoza.

¿Qué tipo de vida hacía en la capital aragonesa, con amigos que luego le han durado toda la vida como el cardiólogo Pablo Ruiz?
Tenía muchos amigos y sigo estando muy vinculado a todos ellos. Estudiábamos pero también lo pasábamos muy bien; fue una época muy buena. Vivía en un piso de estudiantes cerca del estadio de la Romareda, con uno de Derecho y dos de Medicina. Pero no espere que le cuente mucho más porque no se puede contar todo. Éramos un grupo de gente de Bilbao, de San Sebastián, o de Burgos como Pablo Ruiz... Todos del norte y, por supuesto, también de Zaragoza. De esa época son mis amigos José Arruti, cirujano maxilofacial de San Sebastián; Ortiz de Urbina, cirujano hepatólogo de Bilbao; Javier Orbegozo, oftalmólogo de Bilbao; Tomás Alberto Larrea, traumatólogo y otros. Algunos ya han muerto, como Pedro Arreque y Pedro Iturmendi. Ese era mi núcleo central.

¿Por qué escogió el Hospital del Valle de Hebrón de Barcelona para la residencia y por qué decidió afincarse definitivamente en la capital catalana?
El Valle de Hebrón es un gran hospital; mi hermano estuvo allí antes que yo y seguí su consejo. Me formé con Luis Dolcet. Luego fui arraigándome poco a poco, sin una decisión clara de volver a Bilbao.

Conoció a su esposa Francisca Rodríguez, enfermera, en el Valle de Hebrón, y desde entonces (hace 27 años) han formado también un potente tándem profesional. Ella, con formación en dirección de empresas, es la gerente del Instituto de Microcirugía Ocular (IMO) desde 1997.
Es cierto, pero hemos tratado de diferenciar mucho la parte profesional de la personal; no mezclamos. Separamos mucho la profesión inconscientemente.

Tienen dos hijos, uno arquitecto y el otro estudiante de Medicina. ¿En qué ha influido en este último?
Él empezó psicología porque decía que era lo mejor del mundo y llegó a trabajar en ello pero luego dijo que era mejor la medicina, y en eso está, en tercero de carrera. No sé si hará oftalmología finalmente; que cada uno elija lo que quiera. Hay que amar la medicina antes que decidirse por la oftalmología o por cualquier otra especialidad médica. Todas son buenas.

¿Su mujer también le acompañó en su estancia en Nueva York y Boston? ¿Qué hizo usted allí y, sobre todo, qué aprendió?
No, a Nueva York fui en el año 1979, y de allí a Filadelfia. Contacté con la oftalmología norteamericana por la gran potencia que era y que es. La diferencia respecto a la oftalmología española era entonces importantísima en organización y en todo. Para estudiar retina visité todos los centros monográficos de nueva York y Filadelfia, que me abrieron las puertas como observador y luego me dieron plaza de fellowship. La diferencia era abismal respecto al trabajo de aquí, con todo a punto: la maquinaria, el personal, la señalización, el silencio, el laboratorio... Se empezaba a trabajar a las 6:30 de la mañana y se acababa a las 6 de la tarde. Pasabas allí todo el día y te daban hasta la comida. Fueron realmente amables. Yo tenía entonces 28 ó 29 años y dudaba entre quedarme y volver. Finalmente pensé que aquí podía contribuir a reorganizar las cosas y que allí había una estructura con tanta gente (adjuntos, directivos) que yo nunca llegaría a ver ciertos casos. Es decir, que aquí (en Barcelona) a río revuelto se podían hacer muchas más cosas que allí. Barcelona, además, tiene un empuje médico superior al del resto de España; aquí hay una estrella diferente en medicina, de años de evolución. Si se comparan las clínicas de Barcelona con las de Madrid, no están al mismo nivel. La realidad es ésta.

Abrió consulta privada en el Hospital General de Cataluña, luego en Quirón y finalmente la clínica monográfica, el IMO. ¿Quién le acompañó en esta aventura en 1994? ¿Era arriesgado, teniendo en cuenta la mucha competencia en oftalmología privada que ya entonces había en Barcelona?
Teníamos consulta en Vía Augusta, 90 y operábamos en el Hospital General de Cataluña, en Sant Cugat; ese fue el comienzo. Yo hacía sólo retina, que era aquí algo excepcional. Veía muchos casos de diabéticos. Me uní a otros oftalmólogos superespecializados como José Luis Güell, Isabel Nieto... y luego se incorporaron otros más. No me he preocupado nunca de la competencia. Ni me preocupa ni me interesa. Yo no he copiado nunca a nadie. En Quirón tenía mucha gente en retina: Mateo, García Arumí, Monés y Navarro. Era la época de los Juegos Olímpicos de Barcelona y abrimos la primera clínica IMO, de 2.300 metros cuadrados y cuatro quirófanos.

¿Es posible hacer investigación en una clínica privada?
En los centros públicos hacen muchos ensayos clínicos, que nosotros también hacemos, pero son muy aburridos. Tenemos que tener en cuenta que investigar es todo. Nosotros estamos conectados a la Universidad de Barcelona para el estudio genético de las bases moleculares de las principales patologías visuales, especialmente de la retina, que es un proyecto que encabeza la catedrática de Genética Roser González. El IMO dispone en esta nueva clínica de una unidad de investigación que apostará por primera vez por la investigación básica. La unión de la investigación clínica y la básica, que es una combinación muy poco frecuente en la oftalmología española, nos permitirá multiplicar las opciones de avanzar de forma pionera en la prevención, diagnóstico y tratamiento de determinadas patologías oculares.

¿Cuál ha sido su principal aportación personal a la oftalmología?
Hacer aportaciones en medicina es muy difícil; eso lo saben los premios Nobel. Puedes aportar pequeñas cosas y mejorar técnicas. Yo, por ejemplo, he publicado cosas, pero nada espectacular. Tengo que ser realista. Lo más importante que he hecho quizá sea haber introducido en Europa y en el mundo para la curación de la retina el perfluorocarbono líquido, que era una idea de un americano de los años noventa y que hoy se sigue usando.

Hábleme de sus colegas Stanley Chang, de Nueva York, y Mark Blumenkranz, de Stanford. ¿De qué forma colaboran con usted?
Chang es el del perfluorocarbono líquido; con él mantengo una amistad y una relación total desde 1986. Él aportó algo fundamental por lo cual podría haber sido premio Nobel. Trabajamos juntos en muchas cosas, igual que con Blumenkranz y con mucha otra gente de Europa (París, Londres) y de Japón. Vivo en contacto constante con todo lo de fuera. Haber estado en Nueva York siempre me lo ha facilitado y, además, a los americanos con los que yo trato también les interesa tener metástasis en Europa. En Estados Unidos lo que tienen es una muy buena formación y un buen entrenamiento previo al ejercicio profesional; aquí tenemos la residencia y ya está.

¿Qué oftalmólogos nacionales admira más?
Tengo buen trato con todos, pero en España la especialidad está muy enfocada a competir por más pacientes y por más dinero. Yo dedico muchas horas a las relaciones con los de fuera.

¿Cuándo comenzó a interesarse por la cooperación internacional y cómo acaba, junto con Rafael Ribó, actual Síndic de Greuges (defensor del pueblo catalán), creando la organización Ojos del Mundo?
Fue él el que me invitó a participar en un proyecto en el Sáhara; me dijo que íbamos allí en misión solidaria y para montar equipos de ayuda médica. Cuando llegué vi que allí no había nada más que un pequeño hospital de ojos en Tinduf y que en la población se veían unas cataratas terribles. El proyecto me atrapó. Luego se constituyó la fundación, con lo que la organización se profesionalizó y ahora ya vamos también a Bolivia, Mozambique y Mali. Somos unos 700 profesionales implicados de España, Portugal y Argentina.

¿Cómo se organiza para poder trabajar también en eso? ¿Es cierto que le dedica parte de sus vacaciones anuales?
Ribó tiene mucha capacidad organizativa para la fundación. Yo me dedico a buscar gente que colabore y gente que aporte dinero. Enviamos a profesionales que pueden estar quince días trabajando en un mismo sitio.

Artículo de Carmen Fernández en Diariomédico.com. Leer el artículo completo aquí.